Hijos de la ira
CAPÍTULO 1
Paco Arrizabalaga es el periodista que atiende la sección de sucesos en El Diario, el periódico decano de la ciudad. Frente a su mesa de trabajo, tiene dos pósteres medianos, pegados con cinta adhesiva a la cristalera y envejecidos por el paso del tiempo. Uno es de Mahatma Gandhi y el otro de Martin Luther King.
El reportero estaba próximo a cumplir los sesenta años. En los últimos tiempos, cuando sonaba el despertador anunciando el nacimiento de un nuevo día, cada vez con mayor intensidad, se levantaba con inmensas ganas de que por fin le llegara el momento de la jubilación. El hombre aguardaba el momento de convertirse en un simple ciudadano y dedicarse a otros menesteres, o simplemente a no hacer nada, solo a vivir y pasear por su amada ciudad.
Comenzó su carrera en el periódico nada más acabar sus estudios, con veintiún años. Como responsable de las crónicas de sucesos y periodista de investigación, durante la mayor parte de su carrera, le tocó cubrir sobre el terreno las terribles noticias de los atentados de ETA en todo el País Vasco.
Quedó marcado por las cosas que le tocó vivir y ver durante la época más dura e irracional de los terroristas y sobre las que tenía que escribir después, con mucha más frecuencia de la que a él le hubiera gustado.
Tras tantos años en la profesión, era ampliamente conocido, no solo en los mentideros de la ciudad, sino también en todas las comisarías de policía de Euskadi, donde tenía algunos amigos que siempre estaban dispuestos a compartir con él cualquier información que le hiciera más fácil su trabajo.
Era de estatura más bien baja, algo llenito de peso y con pocos pelos en la cabeza.
Aunque en sus comienzos, durante su juventud, era optimista y positivo por naturaleza, con el paso del tiempo se fue transformando en alguien sumamente pesimista y mordaz acerca de su creencia en las bondades del ser humano. Con pesar y algo de sarcasmo, había acuñado la frase: “a ver a cuántos muertos tocamos hoy”, que repetía cada vez que salía a cubrir una noticia.
CAPÍTULO 5
La información decía: “En el Monasterio de Zenarruza, situado a los pies del monte Oiz, apareció otra víctima del asesino en serie de antiguos miembros de la desaparecida ETA.
”El fallecido era Ander Aguerche. Tiempo atrás, coincidiendo con los años de la mayor crudeza del salvajismo de ETA, antes de ser fraile, había sido sacerdote, ‘un hombre de Dios’. Su nombre saltó a los medios informativos de la época debido a su colaboración con la banda terrorista. Estuvo involucrado en varios asesinatos, entre ellos, algunos miembros de las fuerzas de seguridad del Estado. Fue juzgado y condenado, cumpliendo su condena en prisión.
”Durante mucho tiempo, parecía que se había esfumado, sin que hubiera noticias de su existencia. Pero, como un fantasma venido del pasado, ahora ha vuelto a aparecer aquí, en el convento, donde ha sido ejecutado por el asesino en serie. Con su recogimiento espiritual en el monasterio, quizás pretendía encontrar la paz en su vejez, una paz que no logró a pesar de cumplir su condena en prisión y arreglar sus cuentas con la justicia.
”Los estudios de toxicología y demás comprobaciones realizadas por la policía científica y el equipo forense han demostrado que el asesino primero usó cloroformo mientras el fraile dormía para dejarlo inconsciente. Después, le quitó la vida con una inyección letal de cianuro.
”Sin embargo, ante la ausencia de otras pruebas, no se ha podido determinar si se trataba del mismo autor de las muertes anteriores, lo que, una vez más, deja abierta la posibilidad de que hubiera otras personas implicadas en estas acciones criminales.
”Según fuentes policiales, la gran minuciosidad con que se habían seleccionado a las víctimas y las formas de llevar a cabo sus acciones hacían que, a estas alturas de la investigación, la policía comenzara a comprender que se enfrentaba a un asesino sumamente frío y calculador. Diversos medios consultados por este periodista confirman estar sorprendidos porque, lejos de tratarse de una repentina ira, era evidente que se trataba de un plan que se había maquinado muy detenidamente”.
