Armagedón
Capítulo 1
Costa atlántica, golfo de Cádiz, España.
Un grupo de niños jugaba a la guerra en uno de los búnkeres que aún ocupa un tramo de la playa, levantado poco después de la II Guerra Mundial por el dictador que gobernó el país durante casi treinta y cinco años.
Con lo que en su imaginación infantil eran ametralladoras, disparaban incesantes ráfagas. Algunos caían al suelo con gran teatralidad y dramatismo, mientras otros huían precipitadamente, adentrándose en el interior del refugio para responder a los atacantes con granadas imaginarias.
Ciento ochenta millas al sur de las Islas Canarias, España.
La oscuridad de la noche cubría el mar. Decenas de cadáveres son arrojados a las gélidas aguas del Océano Atlántico por los patrones de la embarcación. Es uno de tantos cayucos que realizan la travesía abarrotados de migrantes procedentes de la costa occidental de África.
Hombres, mujeres y niños permanecían con la cabeza inclinada, como si elevaran una última oración antes de hundirse.
Capítulo 5
Isla de Rapa Nui.
Al comienzo de los tiempos.
Venidos de Aetherion, un grupo de Vigilantes llegó a la isla deshabitada. Este fue el lugar elegido para establecer su base, donde permanecerían en su misión de vigilancia y protección de los habitantes de la Tierra.
En una zona inhóspita de la costa sudeste, próxima al volcán Rano Raraku, el conjunto formado por dieciséis Vigilantes decidió adoptar la forma pétrea de los moáis. Apoyados sobre una plataforma, desde ese instante permanecen en estado de observación pasiva: contemplan, registran, aguardan, mientras transcurre la vida en el planeta, confiando en que la humanidad sabrá encontrar su camino.
Capítulo 9
En la agónica e interminable guerra entre Rusia y Ucrania, la escasez de armas convencionales llevó al gobierno ruso, con su presidente a la cabeza, a tomar una decisión drástica y desesperada.
Ante el temor de sufrir una derrota por las continuas y cuantiosas deserciones de sus combatientes —soldados rusos y mercenarios que, despavoridos, huían del frente—, lanzaron contra las sedes de gobierno y los mandos militares en Kiev dos bombas
nucleares tácticas, ignorando las terribles consecuencias para todos los que se hallaban a su alrededor: simples civiles indefensos.
La tormenta perfecta había llegado, desatando la destrucción y el caos de unos sistemas que, a duras penas y con gran sufrimiento para millones de habitantes del planeta, se habían mantenido a flote.
Wall Street, distrito financiero de Nueva York y pulmón económico del capitalismo mundial. La sede de la Organización de las Naciones Unidas, con todos sus departamentos. El Fondo Monetario Internacional, la Organización Mundial del Comercio y la Organización Mundial de la Salud se convirtieron en meros espectros.
Como un castillo de naipes derribado por el viento, fueron cayendo una organización tras otra.
Cuando el doctor Nantan Rainwater comprendió que el fin del mundo occidental era ya inevitable, se retiró a las montañas Catskills, en la pequeña llanura junto al sagrado río Esopus Creek, decidido a vivir sus últimos instantes entregado a las ceremonias
espirituales.
Allí se despojó de su alma de científico, maldiciendo el destino al que los había conducido el descubrimiento de los terribles poderes de la naturaleza, puestos en manos de los dirigentes ciegos y ególatras que gobernaban el planeta.
