La muerte del candidato

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Capítulo 1

Nueva York permanecía bajo un espeso manto de nieve. La fuerte ventisca hacía que, a esas horas de la noche, las calles estuvieran casi desiertas. Central Park, cubierto de blanco, ofrecía una imagen hermosa y evocadora, digna de una película navideña.

El Partido Republicano había establecido su cuartel general en el Hotel Plaza. En el Gran Salón de Baile, decorado con los colores y emblemas del partido, la multitud seguía con expectación las noticias que la cadena de televisión Fox transmitía en directo sobre el recuento de votos. Todo estaba dispuesto para celebrar una victoria antes del amanecer.

Todas las encuestas pronosticaban el triunfo del candidato republicano, Erick Lockheart, por una abrumadora mayoría. Tras sufrir derrotas consecutivas en las dos últimas elecciones presidenciales de los Estados Unidos, los republicanos tenían por fin al alcance de la mano la posibilidad de tomar posesión de la Casa Blanca y ver a su joven estrella ocupar el Despacho Oval a la temprana edad de treinta y cinco años.

En un ambiente festivo, los numerosos invitados vitoreaban con euforia cada nuevo dato que proporcionaba Fox, mientras el champán fluía alegremente.

Protegido por su equipo de seguridad, el candidato, visiblemente agitado, se dirigió a su suite en el décimo piso del hotel. Como una sombra inseparable, junto a él iba John, de cincuenta años, su guardaespaldas personal desde que Erick tenía apenas doce.

En su habitación, Erick intentaba tranquilizarse, alejándose del bullicio.

—¿Qué hace aquí este vejestorio? —bromeó en tono burlón un joven agente de seguridad a otro, refiriéndose a John, sin percatarse de que el candidato los escuchaba.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Erick, visiblemente enfadado.

—Buster, señor —respondió, algo nervioso.

—Me aseguraré de que esta sea la última vez que estés a mi servicio.

Y para los demás, quiero que lo tengáis claro: a partir de ahora, tendréis que acostumbraros a su presencia. Ni aun viviendo tres vidas haríais tanto por vuestro país como lo ha hecho él.

Sabed que John ha sido mi guardaespaldas desde que yo era solo un niño. Desde entonces, también ha sido como un padre para mí. De hecho, es él quien me ha llevado hasta este momento, en el que estamos a punto de celebrar mi victoria —expresó Erick con firmeza.

Veinticinco años atrás.

Rodeado por la majestuosidad de las grandes montañas del Grand Teton, en Wyoming, John Howard hizo una pausa para admirar la belleza que se extendía ante sus ojos. Aunque era el entorno en el que trabajaba a diario, no podía evitar sentir un éxtasis tal que lo llevó a respirar profundamente por un instante.

“Gracias, Señor, por tanta grandeza. Gracias, Dios, por darnos esta gran nación”, pensó, mientras contemplaba el paisaje.

John era un joven sumamente cándido, con la misma sencillez que reflejaba al expresar sus alabanzas.

Como agente del Servicio de Pesca y Vida Silvestre, en aquella época del año se ocupaba del control de población de alces mediante su caza. Era un experto tirador, con una puntería de gran precisión, y para ello empleaba el antiguo rifle Lyman de calibre cincuenta que había heredado de su padre.