Y la tierra fue segada
Capítulo 2
Huelva, año 1895.
El tren inició su marcha, avanzando lentamente. El frío viento invernal, que penetraba en los vagones, moldeaba el humo de la chimenea a medida que se abría paso serpenteando entre las montañas de la sierra.
El ferrocarril, con su larga hilera de vagonetas, transporta el mineral extraído de las profundidades de la tierra hasta el muelle de la capital, Huelva, construido recientemente por la compañía minera y que se adentra en el río Odiel. Después de cargarlo en las embarcaciones que esperan turno, desde allí es exportado principalmente al Reino Unido, además de a Estados Unidos y a otros países de Europa.
El vagón contiguo a la locomotora está destinado al transporte de mercancías, llevando una gran variedad de herramientas y utensilios necesarios para la explotación minera de la compañía propietaria, además de transportar a los trabajadores y sus familias.
Acomodados de la mejor forma posible, la familia Tierra viajaba hacia lo que sería su nuevo hogar. Los padres, Antonio y María, iban acompañados por sus tres hijos: Miguel, el mayor; Enrique, el mediano; y Pedro, el menor. Junto a ellos también viajaba la abuela Ana, madre de Antonio. Mientras el tren avanzaba entre los desfiladeros de la serranía y el frío se intensificaba, María procuraba que sus hijos se envolvieran bien con las pocas mantas que tenían.
Con el rostro marcado por la tristeza, a través de las rendijas, Antonio observaba el paisaje, oscuro y desconocido. Atrás dejaban años de arduo trabajo en los campos y en las eras. Como jornaleros, habían vagado errantes por la tierra, de cortijo en cortijo, tal como lo hicieron sus abuelos y padres antes que ellos. Quizás porque esa fue la única forma de vida que conocían, sin importar las dificultades y penurias por las que habían pasado durante toda su vida, él siempre sintió un gran aprecio por lo que ahora dejaba atrás: la vasta llanura donde su mirada se perdía en el horizonte lejano, la luz y el calor del sol que desde su infancia habían tostado su piel, y el cielo, el estrellado cielo en el que extasiaba su mirada durante las noches despejadas.
Ante él, ahora solo tenía la visión de una mina, una negra y oscura mina.
Después de insistir mucho, María por fin logró convencer a su marido de la necesidad de dejar atrás esa forma de vida estéril y establecerse, echando raíces. Sus hijos, que ya estaban algo crecidos, necesitaban asentarse en un lugar permanente. Ellos no debían sufrir la misma forma de vida ni la pobreza que habían soportado sus padres y abuelos.
A pesar de sus edades, los jóvenes nunca habían asistido a ninguna escuela. Lo poco que sabían leer y escribir lo habían aprendido de su persistente madre, quien buscaba y aprovechaba cualquier momento libre para enseñarles lo básico.
Como nómadas, durante toda su vida tuvieron que soportar vivir sin intimidad alguna. Las familias que trabajaban en los cortijos vivían apiñadas en cuartos en los que, a veces, la única separación que tenían eran las telas que colgaban de cuerdas que servían de paredes. A menudo, estos eran contiguos al corral de los animales, creando un ambiente hediondo, especialmente insoportable durante el calor de los veranos en las tierras andaluzas.
Aunque la insistencia de su esposa, repitiéndole constantemente esos y otros motivos para cambiar sus vidas, terminó influyendo en su decisión, lo que realmente convenció a Antonio fue verse con las manos vacías después de tantos años de duro trabajo.
Era consciente de que no existía ningún mañana esperanzador para ellos. Incluso en años de buenas cosechas, apenas lograban satisfacer sus necesidades básicas. Además, el cielo, como muchos de sus amos, no siempre era generoso. Por todo ello, ambos coincidieron en que debían evitar que sus hijos tuvieran que enfrentarse a la amarga y dura realidad que ellos habían soportado durante sus míseras vidas.
María era la luz que iluminaba a la familia. Sin importar cuán negro fuera el presente, siempre miraba hacia adelante, pensando y organizando el futuro que deseaba para sus hijos.
Mientras proseguía el viaje, Antonio observaba en silencio a su anciana madre. Sentía un gran pesar al ver en qué se había convertido. Recordaba muy bien cómo era ella anteriormente, cuando él era joven. A pesar de la estrechez en la que siempre vivieron, ella nunca se quejó. Su rostro sereno y la gracia de sus palabras eran para él un sustento más nutritivo que el pan que, a veces, podía llevarse a la boca.
¡Cuánto se amargó su espíritu tras la muerte de su amado esposo! Aquellos fueron tiempos difíciles para los jornaleros de Andalucía. La labor del campo se había vuelto insoportable debido a la codicia y el despotismo de los amos, con jornadas de trabajo extenuantes que duraban de sol a sol por un salario mísero que no les alcanzaba para alimentar a los suyos. Las familias de los trabajadores carecían de viviendas, lo que los obligaba a vivir hacinados en lugares insalubres. Además, el analfabetismo masivo que había en la población no dejaba esperanza alguna de escapar de ese destino en busca de un futuro mejor.
A esas circunstancias desoladoras y permanentes, la a veces cruel naturaleza añadía aún más dolor en forma de sequía y hambre. Después de soportar estas condiciones durante tanto tiempo, sin ninguna otra alternativa ante sí, los campesinos se vieron obligados a luchar por las vidas de sus familias, que a menudo eran muy numerosas, y por su dignidad como trabajadores. ¿Cómo permanecer impasible ante tanta desesperación? Aquellos fueron días de sangre y muerte.
Algunos campesinos huyeron a las montañas. Intentando escapar de las miserias, se dedicaron al contrabando o al robo como medio de subsistencia. Otros se convirtieron en bandoleros.
Los que no tuvieron más remedio que quedarse, por tener familia o por otras causas, llevados por ideas revolucionarias nacidas de los estómagos vacíos y de la terrible pobreza que padecían, pasaron a la acción llevando a cabo grandes revueltas en el campo andaluz. Pero, como toda acción provoca una reacción, esta vino de la mano de los amos de las tierras y de los cortijos que, de inmediato, contaron con el apoyo de las fuerzas de seguridad y del ejército.
Durante algún tiempo, se vivió una guerra abierta entre estos y los campesinos. Fueron muchas las muertes que se produjeron, casi todas en el lado de los obreros del campo. Algunos cayeron en medio de los tiroteos para reprimir las protestas, mientras que otros fueron ajusticiados en público, en las concurridas plazas de las ciudades, en cumplimiento de sentencias dictadas por tribunales que desconocían la justicia y la misericordia y que entendían muy poco de sequía, explotación, hambre, miseria y muerte.
Muchos fueron apaleados por la mano dura y sin escrúpulos de algunos oficiales de las fuerzas del orden, con palizas insoportables. Incluso se produjeron exhibiciones de presos en algunas ciudades. Se llevó a cabo la deportación de cientos de jornaleros. Todo ello con el único fin de reprimir a los campesinos y demostrar quiénes eran los amos de las tierras y los cortijos.
El padre de Antonio nunca quiso involucrarse en esas luchas. Sin embargo, su cuerpo sin vida fue hallado una noche en medio de la era con varias puñaladas. Nunca se supo quién o quiénes fueron los autores, ni hubo mucho interés en investigar otra muerte más.
Desde entonces, su madre perdió las ganas de vivir y, con el paso de los años, se convirtió en una anciana decrépita y agorera.
